Hace pocos días, en la última sesión de la Cámara Alta, el senador Luis Juez tuvo una salida muy propia y con su tonada cordobesa, que acentuó aún más la intención: "con el 54% de los votos que sacó, con semejante poder, para qué carajo quiere someter a un diario". Obviamente, el congresista se refería a la ley que impulsó el Gobierno nacional sobre el control de la producción de papel para diario, con un trasfondo de pelea con los diarios Clarín y La Nación. La reflexión, muy para la calle, tenía como finalidad remarcar que el kirchnerismo sólo quería ganar una batalla personal más que resolver una cuestión nacional. Ahora bien, aprovechando la afirmación del parlamentario, se podía parafrasear y señalar en un sentido similar: "con semejante poder acumulado para qué carajo se va detener en pequeñeces".

O más aún, con semejante poder acumulado por la presidenta, Cristina Fernández -mayoría histórica de votos en la elección del 23 de octubre, manejo de ambas cámaras con mayoría propia, gestiones provinciales mayoritariamente afines-, el oficialismo puede, tranquilamente, dedicarse a pensar en la gestión por el bienestar general, más que enfrascarse en peleas menores y que suenan más a capricho. Habrá intereses económicos, soberbias personales, pero nada puede estar por encima de satisfacer las necesidades sociales. Así -reiterando-, con tanto poder acumulado, sería un tremendo error político desperdiciarlo, junto con todo lo bueno que se puede hacer desde lo institucional en beneficio de toda la sociedad. La situación de Cristina es inmejorable, hasta en el plano económico. Perder tan significativo capital político sería un derroche imperdonable, y perjudicial para todos.

Lo mismo vale para la gestión tucumana, con la diferencia que el gobernador, José Alperovich, no cesó de acumular y amasar poder político e institucional desde 2003. El kirchnerismo tuvo sus vaivenes y su propia lucha para ganar espacios, desde comenzar con un 22% de votos, consolidarse, perder lo ganado en la pelea con el campo y volver a triunfar, ahora con el 54% de los sufragios. En cambio, Alperovich no conoció contratiempos desde que llegó al Poder Ejecutivo, ganó todas las disputas electorales y las políticas dentro del justicialismo, sometiendo a hombres y mujeres con apellidos tradicionales en la historia del peronismo. Hoy por hoy le responden los 93 comisionados rurales, 18 de los 19 intendentes, 42 de los 49 legisladores, no tiene problemas con su vice -hasta ni lo tiene- ni con el Tribunal de Cuentas, ni con el Poder Judicial, en cuya Corte tiene como afines a tres de los cinco miembros, incluyendo al presidente. Suficiente poder como para pasar a la historia si hace las cosas bien en su último mandato según la actual Constitución.

Ahora bien, con lo hecho hasta ahora, ¿por qué puede pasar a la historia Alperovich? Alguna vez dijo que haría más obras que Celestino Gelsí, un título suficiente como para llegar al bronce; sin embargo, las grandes obras aún no aparecieron. Aparecerán en 2012: hospital del Este, el nuevo edificio legislativo, la nueva traza de la 38, Shopping del Abasto y nuevos hoteles. Lomas de Tafí lo marcará, pero aún resta culminarse. De todas formas, en materia de obra pública, el mandatario fue intuitivo y llegó con pequeñas obras, básicamente para responder a carencias sociales -pavimentación, mejoras edilicias en barrios, escuelas, agua corriente y luz eléctrica-, lo que le sirvió para ganar comicios, uno tras otro. Como hecho político fue un acierto, le sirvió para acumular poder y para gestionar tranquilo. Sus próximos cuatro años serán iguales, tal vez alterados por la discusión por su eventual sucesor, pero lo seguro es que el mandato que viene dirá por qué habrá que recordar la gestión de Alperovich.